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legó a casa con la sensación de haber arrastrado durante todo el trayecto un saco de rocas macizas. Él no lo sabía, pero bien podía haberse quedado en el instituto un par de horas más porque en casa no había nadie.
- Aún eres demasiado inmaduro para tener tus propias llaves de casa – recordó en ese mismo momento frente a la puerta.
No lo dudó un instante, tenía la coartada perfecta. Corrió calle abajo en busca de su amigo Ismael – seguramente no ha llegado a su casa, si me doy prisa puede que le convenza para escaparnos un rato, antes de que nos echen de menos, al menos a mí – Pensó convencido de la oportunidad que se le había presentado.
Ismael bajaba la cuesta que circundaba su humilde casa cuando le pareció ver a su colega esperando en su portal. No le sorprendió demasiado y una descarga de adrenalina le recorrió el cuerpo al intuir lo que le iba a proponer.
No fue necesaria ninguna palabra, bastó con una fugaz sonrisa y una mirada que parecía ser la aceptación, bajo cualquier tipo de consecuencia, de un pacto de silencio.
Pasaron sigilosamente por la puerta del centro, donde aún quedaban profesores invitando a reunirse a la mañana siguiente a algunos padres de alumnos desalentados por los resultados de sus hijos. Pero Ismael andaba demasiado ensimismado sopesando las consecuencias que su travesura podría acarrearle. Lejos de persuadirle, sus pensamientos generaban más adrenalina incontenida, a punto de estallar.
- ¿Estás seguro de querer hacerlo? – preguntó nuestro protagonista.
- Claro que no, ¡por eso quiero hacerlo! – exclamó Ismael dando saltos de pura exaltación.
- Tienes que prometerme que no le dirás a nadie lo que vamos a hacer. Nadie debe saber nunca lo que hacemos. No lo entenderían.
Ismael asintió conteniendo sus ganas de cambiar de tema.
Cuando llegaron al lugar al que se dirigían, un escalofrío congeló los pasos de los muchachos. Se miraron con profunda dignidad, inspeccionaron los alrededores esperando no ver ninguna cara amiga que les pudiera reconocer.
Subieron las escaleras armándose de valor en cada peldaño. Abrieron la puerta de cristal. Ambos desearon que las paredes fueran de cualquier otro material opaco.
Al entrar, lo primero que advirtieron fue un silencio casi sepulcral. Les pareció tan raro como esperado. Sabían que ese lugar convivía con el silencio pero no recordaban haber sido partícipes ni tan siquiera unos segundos de esa ausencia de sonido.
Tragaron saliva y se adentraron en la primera puerta que se les antojó. Cuando Ismael levantó la mirada, se le cortó la respiración ante la visión que le mostraban sus incrédulos ojos. Una ristra de estanterías repletas de conocimiento y polvo se erguía ante ellos como si estuvieran aguantando la respiración en el fondo de un océano de aprendizaje.
No repararon en las mesas que se disponían en el fondo de uno de aquellos pasillos hasta que no recuperaron el aliento y se hubieron mirado atónitos el uno al otro.
Bajaron el escalón que los separaba de la “ignorancia” y trataron de encontrar la manera de dirigirse sin más preámbulos a los temas que más les interesaban.
Aprender no es sinónimo de estudiar, pero ¿qué importaba eso ahora? Tenían ante sí todo un mundo de viejos ideales, conceptos de cualquier índole y la oportunidad de perderse en el abismo del querer saberlo todo y querer saberlo ahora.
- ¿Por dónde empezamos, Ismael?
- Tengo muchas ganas de leer sobre astronomía, ¿ y tú?...
- Yo creo que buscaré libros que hablen de las especies marinas.
Pasaron unas cuantas horas en las que los estudiantes leyeron y leyeron, compartiendo impresiones. Sus caras reflejaban la inconsciencia de un crío que no usa reloj, cuando el señor bibliotecario se acercó para invitarles a abandonar el recinto puesto que era la hora de cerrar. A los dos chicos les invadió un malestar en el cuerpo, fruto de la conciencia que se iba regenerando en sus cabecitas saturadas de historias.
- No puede ser, - pensó Ismael – pero si no llevaremos más de una hora aquí.
Su amigo no le quiso mirar a los ojos al advertir el reloj que pendía de la pared de enfrente. Se apresuraron a guardar sus cosas en las mochilas, sin saber exactamente qué hora era. Al salir a toda prisa de aquel lugar era de noche, una noche cerrada de principios de noviembre. No sintieron el descenso de la temperatura hasta que un sudor frío les paralizó justo en la entrada de la calle de Ismael. Unas luces azules iluminaban la fachada de su casa. El coche de la policía permanecía en silencio aparcado en la acera con el motor encendido. Algo no iba bien. Y empezaban a sospechar qué y quiénes eran los causantes de que ese algo no fuera bien.
Ismael se despidió con un abrazo de su amigo y confidente, sellando el pacto de silencio con un juego de manos.
Dejó a Ismael ante su suerte y no pudo ni quiso pensar en la que le iba a caer por semejante travesura.
Llegó a su casa, esta vez había luces encendidas. Y una voz colérica clamaba a los cuatro vientos que cuando “ese muchacho del demonio vuelva a casa va a saber lo que es un buen castigo”. Ante semejante designio del destino, se limitó a rememorar lo que acababa de leer en uno de los libros de la biblioteca: “ La verdad te hará libre” . Así que , aun sabiendo que no lo había leído en la Biblia, también sabía el significado de aquella frase. Instintivamente y sin pensarlo dos veces llamó a la puerta. La voz de su padre se apagó de súbito y casi se orina al escuchar los pasos cada vez más cerca. En el momento que se abrió la puerta, una ola de aire pareció invitar al chico a entrar quisiera hacerlo o no. La mirada de su padre no daba lugar a muchas interpretaciones. Pero él decidió, como pudo decidir no hacerlo, levantar y mantener su mirada en un duelo de odio y resentimiento.
No movió ni por un instante sus ojos hasta que el hombre corpulento y de aspecto desaliñado no tuvo más opción que mirarle de arriba a abajo.
El hombre no se atrevió a decir nada en ese momento, aunque no le faltaban argumentos para mantener otra discusión con su hijo mayor.
Nuestro valiente personaje vaciló antes de dar el primer paso que le adentrase en esa casa en la que se sabía poco valorado. Sabía que era muy querido, mucho. Pero también entendía que sus padres, en especial su padre, no pertenecía al mismo reino del que él quería ser partícipe. Entendía también que él no tuvo las oportunidades que él tiene ahora. Pero eso no le justificaba, no era justo ni para él ni para su propia familia.
Su padre estaba enfadado consigo mismo porque hacía meses que no entraba dinero a casa, no había trabajo y quería dar lo mejor para su pequeña familia. Pero “lo mejor” incluía coartar las expectativas de su hijo por saber más sobre el mundo en el que le había tocado vivir.
Al subir a su habitación, tal como intuía que eran los deseos de su padre, se cruzó con la mirada preocupada y triste de su madre , que tenía en brazos a su hermanita , consolando su llanto de estrés y cubriendo con su mano su cabecita.
Esa mirada le terminó de romper el alma en dos, quiso pegar un portazo pero no le salió, y no por falta de fuerza contenida, sino porque no quería contribuir más al llanto de su hermana y a la preocupación de su madre.
Lloró durante toda la noche. Apenas durmió un par de horas.
A la mañana siguiente fue a clase y se reencontró con Ismael, quien también presentaba el aspecto del que no ha atravesado por su mejor noche. La primera hora de clase se hizo eterna. Apenas se miraron aunque sí se buscaron las miradas. A la hora del recreo, Ismael se acercó para interesarse por su amigo.
(¿continuará?)